Viernes, 14 de julio, 2017

Impactar en la vida de otros es un poder inherente que todas las personas tenemos al vivir organizados en sociedades y al igual que todos los poderes que poseemos de una u otra forma, podemos usarlos para promover valores positivos o para promover valores negativos, básicamente tenemos poder y como todo tipo de poder, este trae consigo responsabilidades. La clave está en usar nuestro poder con consciencia del impacto real que puede generar en pro de la construcción de sociedades más justas.


El activismo es una acción que se genera al reconocer que hay aún muchas cosas por cambiar en nuestro planeta, en algunas partes del mundo este será un fenómeno común y en otros no tanto, ciertamente el contexto y la realidad local influyen mucho en nuestra disposición para ser activistas, pero la realidad es que convertirse en activista poco tiene que ver con una actitud egoísta que sólo refleja intereses propios, al contrario, tiene que ver con nuestra comunidad, nuestro país, nuestro continente y nuestro mundo.

Existe una diferencia vital entre ser activista y defender un punto de vista o posición frente a una problemática, lo primero tiene que ver con valores globales y reivindicaciones, lo segundo con nuestra opinión personal y condicionada del deber ser. La diferencia radica en el origen de la legitimidad de nuestras peticiones, generalmente los activistas demandan justicia y/o el cumplimiento de normas establecidas por organismos o mecanismos con bases inclusivas y participativas en la toma de decisiones, es decir, que tienen una legitimidad innegable o muy poco debatible ya que nacen del consenso global entre las autoridades que nuestra forma de organización social ha aceptado.

Impactar en la vida de otros es un poder inherente que todas las personas tenemos al vivir organizados en sociedades y al igual que todos los poderes que poseemos de una u otra forma, podemos usarlos para promover valores positivos o para promover valores negativos, básicamente tenemos poder y como todo tipo de poder, este trae consigo responsabilidades. La clave está en usar nuestro poder con consciencia del impacto real que puede generar en pro de la construcción de sociedades más justas.

Tomarse la injusticia como algo personal es el lema que los activistas de Amnistía hemos adoptado en los últimos años, esta frase aunque sencilla engloba todo aquello que resulta de la motivación para accionar en contra de las injusticias donde sea que ocurran. Ser un activista y defender los derechos de todos por igual surge de la empatía y la consciencia, es entender que todos somos seres humanos y que en este sentido las violaciones e injusticias que suceden en cualquier parte del mundo nos afectan, en esencia tenemos la capacidad de impactar en la vida de otros y aún más importante, tenemos la capacidad de impactar de forma positiva en el resto de las personas.

El activismo es algo que debe ser manejado con responsabilidad y criterio, los fundamentos que usamos para sostener nuestras acciones deben representar intereses comunes y que no excluyan la participación de otras personas o promuevan los juicios de valor, en consecuencia las acciones deben también generar empatía con nuestros pares y sumar a la masividad del movimiento, que es uno de los objetivos principales del activismo. Informar, concientizar y empoderar son los pasos o la secuencia básica para extender las redes del activismo y obtener mejores resultados en cuanto a masividad e impacto positivo mensurable.

Finalmente, la importancia de participar y pronunciarse en pro de los derechos de todos reside en la necesidad de unirnos para reivindicar a la igualdad y el respeto como las bases fundamentales de una sociedad global que pueda desarrollarse plenamente y avanzar hacia formas sostenibles de convivencia que permitan desarrollar capacidades individuales sin sacrificar el pleno desarrollo de las potencialidades de las otras personas.