Domingo, 14 de enero, 2018

El racismo sigue manchando las relaciones internacionales. Las recientes declaraciones de Donald Trump contra los inmigrantes de América Latina y África son una prueba de ello. Sin embargo, tan importante como la crudeza de sus palabras es la rapidez de la condena de la que han sido objeto, evidencia de que este flagelo si tiene quien lo denuncie y lo combata.


Parte de la dirigencia mundial respaldada por movimientos xenófobos ha mantenido como una de sus señas de identidad un discurso contrario a la inmigración, en el que ésta aparece como una amenaza para el bienestar social y la identidad cultural de las naciones. Ese discurso, aunque se articule fundamentalmente en torno a categorías y argumentaciones relacionadas con la idea de cultura, puede ser calificado legítimamente como racista pues implica que el otro o los otros  son inferiores (Taguieff, 1991). José Luis Solana (2009) señala que lo importante es percatarse de cómo el fundamentalismo cultural se teje con los mismos principios y mecanismos que el discurso racista tradicional (naturalización de la identidad; desubjetivación de los individuos, a los que se confina en la identidad comunitaria; homogeneización de la colectividad; purificación de la comunidad y expulsión de los elementos considerados extraños; oposición radical nosotros/otros; consideración del otro como un peligro y una amenaza...), sólo que ahora operando con categorías étnicas o culturales en vez de categorías raciales.

Así lo reconoce la ONU.  Al ser interrogado sobre las declaraciones de Trump contra los inmigrantes de América Latina y África, Rupert Colville, portavoz de la oficina de Derechos Humanos, señaló: “Lo siento, pero la única palabra que se puede utilizar es racista",

Sin embargo, tan importante como la acritud de las palabras del presidente norteamericano, es el torrente de indignación que ha despertado,  lo que nos permite argumentar que el racismo como ideología política no es tan sólido como parece.

Si bien dentro de las dimensiones destacadas en los acercamientos clásicos a la ideología está su naturaleza "dominante", en el sentido de que las ideologías desempeñan un papel en la legitimación de los poderosos; en los estudios más recientes el interés principal reposa en la autoridad y legitimidad de quienes producen el discurso. Es decir, no se identifica exclusivamente las ideologías con grupos dominantes o con la aceptación de sus discursos como algo "natural" o de "sentido común" por los demás, sino que se reconoce a todos los grupos la capacidad de tener ideologías propias, incluidas ideologías de resistencia y oposición al poder  (Van Dijk, 2005).

Por más poderoso que sea el Presidente de los Estados Unidos, y que su discurso se considere el sentir de una parte de la población blanca más conservadora, la contundencia de la respuesta por parte de organismos internacionales como la ONU y la Unión Africana y voceros de los países afectados, prueba que el racismo, e incluso el culturalismo que sustituye las categorías biológicas propias del racismo tradicional por categorías culturales, no pasa en lo absoluto como algo “natural” o de “sentido común”. Todo lo contrario. En el caso de Trump, retrata  a un hombre  poco sensible y peligroso, del cual hasta miembros de su propio partido buscan distanciarse:

Los comentarios del presidente son desagradables, divisivos, elitistas y contrarrestan los valores de nuestra nación”, consideró en un comunicado la legisladora Mia Love, la primera mujer afroamericana del Partido Republicano en ser elegida para el Congreso y cuyos padres huyeron de Haití en 1973.

Love exigió a Trump que emita inmediatamente una disculpa y defendió a sus padres, a los que consideró la encarnación del “sueño americano” y alabó por “haber trabajado duro, pagado sus impuestos y criado desde la nada a sus hijos para darles todas las oportunidades”.

Desde este espacio, apostamos por el posicionamiento de un discurso más humano que contribuya a la convivencia pacífica a través de escenarios de comunicación basados en la responsabilidad y la solidaridad.

En sus más de 55 años de historia, Amnistía Internacional ha trabajado en este sentido. Ya el año pasado Margaret Huang, directora ejecutiva de AI Estados Unidos señaló  la necesidad de que Trump como presidente abandone sus declaraciones de odio y discriminación, ya que si no lo hace podría haber consecuencias, no sólo para la población estadounidense, sino para la de todo el mundo.

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Referencias:

Huang,  Margaret (2016). En defensa de los derechos humanos durante el gobierno del presidente Trump Disponible: https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/en-defensa-de-los-derechos-humanos-durante-el-gobierno-del-presidente-trump/

Solana, José Luis (2009). Sobre el racismo como ideología política. El discurso anti inmigración de la nueva derecha. Gazeta de Antropología, 2009, 25 (2), artículo 55 • http://hdl.handle.net/10481/6891

Taguieff, Pierre-André (1991).Las metamorfosis ideológicas del racismo y la crisis del antirracismo, en Juan Pedro Alvite (coord.), Racismo, antirracismo e inmigración, Donostia, Tercera Prensa-Gakoa, 1995: 143-204

Van Dijk, Teun (2005) Política, ideología y discurso  QUÓRUM ACADÉMICO Vol. 2, N° 2, Pp. 15 - 47 Universidad del Zulia ISSN 1690-7582