Viernes, 08 de junio, 2018

Artículo escrito por Elian Rosales 

#LaVozDeLxsDiversxs


Discriminación: génesis de exclusión y violencia, me atrevería a decir. Por naturaleza e instinto de supervivencia el ser humano ha querido ser modelo de perfección y admiración, ¿y quién no quiere serlo? Todos en algún momento hemos estado en la pista de carrera sin fin donde la meta es tener el máximo conocimiento y ser figura ejemplar para nuestros allegados. No podemos negar, que en algún momento la ambición se ha apoderado de nosotros y hemos querido imponer nuestra manera de pensar ante los demás porque creemos que es lo correcto. Acción aparentemente inocente, pero altamente peligrosa.

Y esto es lo que pasa en nuestra sociedad, queremos convertirnos en seres completamente aceptados y elogiados por los integrantes de la misma, pero no es tan fácil. Como ya sabemos, todo en la vida tiene un precio, y el querer tan alto prestigio, no es la excepción. El ser humano, como ser  pensante y con capacidad de razonar, busca y construye herramientas que lo impulsen a la cima, tomando en cuenta que para llegar a su objetivo debe superar todas las barreras que se crucen en su camino reprimiendo cualquier tipo de actitud que esté fuera de las normas sociales que se puedan ver como una amenaza a la “normalidad” habitual.

Es allí, donde entra la conformidad. Más allá de ser flexible, dejamos de ser nosotros para acceder a ser esa “quimera” que se adapta a un sistema controlado por figuras con “mayor experiencia” que imponen una realidad que debemos vivir porque así los obligaron a vivir a ellos.

Crecemos con una figura de mando que nos indica qué hacer y cómo hacerlo, qué decir y cómo decirlo, qué nos puede gustar y qué no. Crecemos escuchando que el azul es de niño y el rosa de niña, que Dios nos hizo a todos y cada uno de nosotros hombre y mujer para estar con su opuesto y crear una familia con el fin de obtener la felicidad plena. Nos inculcan una religión, ante la cual no tenemos derecho de decisión u objeción porque sería una falta grave a la moral de la familia. Pero, ¿qué pasa cuando ya no nos atrae lo que “normalmente” debería atraernos? Ese momento en el que cuestionamos nuestras creencias y nos adentramos a un mundo más amplio del que conocemos, donde la norma se rompe y los deseos más profundos de cada uno de nosotros salen a flote para tomar vida propia y manejarnos a su antojo sin saber si realmente estamos asumiendo las responsabilidades que esto conlleva. Realmente, ¿qué sucede allí?

En el momento en el que decidimos que somos mucho más de lo que nos hicieron creer, procedemos a liberarnos de las cadenas simbólicas que día a día desde nuestro nacimiento nos sujetan y aprisionan con fuerza dejándonos sin aire ni movilidad. Ese momento es tan significativo tanto para nosotros, como para aquellos que se dieron a sí mismos la potestad de decidir cómo deberíamos vivir nuestras vidas.

Suena romántico eso de liberarse y expresar nuestros profundos deseos pero, ¿cómo nos sentimos?

Sí, definitivamente empezamos a recorrer el camino hacia la “metamorfosis” tanto interna como externa, experimentamos cambios en nuestra personalidad y expresión que ni nosotros mismos comprendemos. Nos volvemos protagonistas de exclusión y discriminación, podemos vivir en carne propia el odio de la sociedad por no amoldarnos a ella, nadamos en un mar de tristeza y confusión pidiendo auxilio a quien pueda sacarnos de esta, una mano amiga que nos dé un consuelo ante tanto tormento.

Pero, no todo es negativo. Entre tanto sufrimiento y dolor, la vida nos da la oportunidad de conocernos a nosotros, aceptarnos y decirles NO a quienes pretenden ser dueños de nuestras vidas. Nos adentramos a un mundo nuevo, colorido y divertido, donde somos capaces de comprender que el ser humano tan diverso en lenguas y culturas, también lo es en expresión, orientación y sexualidad. Le damos permiso de apertura a nuestra mente, la dejamos volar, crear, imaginar y aceptar que lo más complejo en realidad es simple. Aceptamos que podemos aprender tanto de personas poco parecidas a nosotros y reconocemos que lo diferente no es malo, al contrario, es  enriquecedor.        

Sucede que hallamos la llave de la plenitud cuando nos sentimos a gusto con lo que buscamos y  lo que queremos. Ocurre un cambio total en nuestro corazón y en nuestra manera de vivir la vida. Abogamos por la felicidad y por la libertad que tenemos todas las personas por el simple hecho de ser seres humanos.

En ese momento en el que nos llenamos de valentía y alzamos nuestras voces yendo contra todo aquello que creíamos era único, para defender lo que sentimos aunque el miedo invada nuestros corazones nos convertimos en soldados defensores del amor y la libertad. Nos volvemos partícipes de una revolución que busca la inclusión de todas y todos, demostrando que tenemos los mismos deberes y derechos, y que el amor es lo más grande que tenemos en este mundo.

Si en algún momento de tu vida te rechazaron, humillaron o dijeron que estabas equivocado, sólo porque tu expresión de género, tu identidad o tu orientación sexual era diferente a la del resto, no te sientas mal, ten en cuenta que no estás solo, en el mundo hay tantas personas como diferencias y eso es lo que nos hace un mundo lleno de riquezas.

Si luchas por el amor y la igualdad, estás en el camino correcto. No permitas que NADIE te quite las ganas de luchar por un mundo donde tu felicidad no sea un delito ni una aberración.  Un mundo donde los Derechos Humanos no sean un sueño, sino una realidad.

El amor nos llena, el amor nos nutre, el amor nos hace humanos.

El amor nos une.