Martes, 03 de julio, 2018
Moncada , Alicia

Basta dar unos pasos entre los palafitos de madera para ver cuerpos febriles, grandes y pequeños, arropados en hamacas.  El sarampión, así como otras enfermedades infectocontagiosas, ha llegado a las comunidades warao para avivar el febril fuego de la acumulación epidémica que consume al Delta.


En la inmensidad del Delta del río Orinoco, al este de Venezuela, se mece con lentitud la hamaca de una joven indígena warao que por semanas ha hervido en fiebre.  Me mira lánguidamente con ojos enrojecidos y llorosos por la conjuntivitis. Con voz susurrante hace saber que no puede incorporarse, se siente desfallecer.

Su familia explica que la fiebre no la genera un jebu (espíritu maligno) sino el sarampión. Enfermedad contagiosa que -de complicarse- puede causar la muerte y que se ha convertido en una visitante habitual de las comunidades warao.

Basta dar unos pasos entre los palafitos de madera para ver cuerpos febriles, grandes y pequeños, arropados en hamacas.  El sarampión, así como otras enfermedades infectocontagiosas, ha llegado a las comunidades warao para avivar el febril fuego de la acumulación epidémica que consume al Delta.

En los servicios de salud de Tucupita, capital de Delta Amacuro, tampoco los warao encuentran aliciente. Visitando el área de hospitalización pediátrica del Hospital Dr. Luis Razetti hablé con Isela Rodríguez y su hija Ester de 6 años, diagnosticada con sarampión. Tres días les tomó navegar desde la comunidad Culebrita, en su embarcación de madera, sin motor y con cuatro niños tiritando de fiebre.

Al llegar a Tucupita, el mayor de los hijos de Isela fue hospitalizado. A Ester la dejaron varios días en observación. Sus ojos hinchados por la conjuntivitis apenas se abren, su llanto es un ligero gemido del que solo se entiende la palabra mamá.

Isela teme que su hija siga el trágico destino de su sobrino, recién fallecido por causa del sarampión. Me señala a la madre del niño, quien sentada a unos escasos metros de nosotras se limpia las lágrimas frente a una pequeña camilla vacía.

El paso por el hospital de Ester y su hermano engrosa la lista de los 1427 casos de sarampión en Venezuela reportados por el último boletín de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). La institución indicó que, desde enero, de las 35 defunciones confirmadas por sarampión 33 corresponden al estado Delta Amacuro.

Estos datos son cuestionados por organizaciones de la sociedad civil y activistas del movimiento indígena que, hasta abril, contabilizaban 54 defunciones. Siendo las y los niños warao las principales víctimas del virus.

Le pregunté a Isela por su esposo y demás hijos enfermos. Respondió que pernoctaban en el bulevar de la ciudad a orillas del río Mánamo, esperando por ellas sin comida o medicinas que les alivien los síntomas  de la enfermedad.

Así me percaté que Ester y su hermano serán los únicos casos registrados de la familia. El sarampión de los hermanos restantes no se incluirá en los boletines de la OPS o del Estado venezolano, pues al no ser notificados por un centro de salud serán marginados de las estadísticas.

El sarampión es uno más del catálogo de males acumulados en el Delta que diezman a los warao. La tos ferina brotó con fuerza durante el mes de febrero en el bajo delta. Las primeras denuncias provienen de la comunidad de Bonoima siendo los medios locales los canales de difusión del testimonio de Trino Ávila, líder comunitario que contabilizó 10 casos de la “tos que asfixia” entre niños y adultos. 

Las autoridades de la dirección regional de salud y la gobernación negaron los casos, alegando que  eran “ligeras salpicaduras informativas” sin pruebas clínicas. De la misma forma hicieron con la difteria, cuya presencia también es  desmentida por la gobernación del estado. En Venezuela, esta enfermedad se había erradicado desde hace más de dos décadas, pero la OPS en una de sus actualizaciones epidemiológicas  señaló que su aparición se remonta al 2016  y que el brote infeccioso, hasta hoy, no se ha detenido. 

El VIH/SIDA es otro de los asesinos víricos de los warao. Los primeros casos fueron identificados  por la Cruz Roja Venezolana en el 2007 y sirvieron como base para que la comunidad científica determinara que la cepa de la infección es muy severa, siendo la tasa de sobrevida para el desarrollo del SIDA de unos 5 a 7 años.  

La evolución agresiva del SIDA es favorecida por la co-infección por tuberculosis, una de las enfermedades con mayor incidencia en la población warao.  Indican estudios científicos que este pueblo indígena posee una escasa memoria inmunológica al bacilo, por lo que el riesgo de contraer la enfermedad es mucho mayor al del resto de la población.

En fechas recientes, la poliomelitis, enfermedad grave pero prevenible con vacunación, se ha unido a una acumulación epidémica sin precedentes que grita la imperiosa necesidad de que el gobierno venezolano reconozca y declare un estado de emergencia sanitaria en Venezuela y, con especial énfasis, en el estado Delta Amacuro.

Los organismos del sistema de Naciones Unidas y las organizaciones de la sociedad civil interesadas en mitigar el sufrimiento del pueblo warao deben considerar que toda medida humanitaria debe incluir a los pueblos indígenas como grupos prioritarios de atención inmediata, pero no como receptores pasivos de asistencia sino como agentes del cambio.

El fortalecimiento de las capacidades locales en las comunidades warao para la identificación  y atención primaria de las epidemias, así como la vigilancia epidemiológica comunitaria son acciones necesarias que -además de empoderar- contribuyen a disminuir el sub-registro, importante escollo para el desarrollo de acciones humanitarias eficaces.

La asistencia humanitaria que en un futuro pueda generarse en el Delta debe tomar en cuenta tanto a los agentes de salud comunitarios indígenas como a la medicina tradicional para la erradicación de las epidemias, porque la situación de vulnerabilidad histórica del pueblo warao no solo es agravada por la negativa del gobierno venezolano en aceptar la ayuda humanitaria sino por la sistemática discriminación de los pueblos indígenas en los procesos que se suponen los auxilian.

Al salir del hospital pasé frente al río por donde llegó Isela con sus hijos. Veo a los warao en sus canoas de madera arribar a la orilla. Sé que han llegado más cuerpos febriles. Envueltos en harapos se debaten entre la vida y la muerte bajo el sol de una tierra que las epidemias, sin tregua, acosan.