Miércoles, 16 de junio, 2021

La activista trans Michelle Artiles nos cuenta su experiencia a través del siguiente artículo


El término “transfobia” hace alusión al odio, pavor o aversión hacia las personas que ejercen y muestran una identidad de género distinta a la norma común, es decir, el rechazo social sistematizado hacia las personas trans.

Trans se ha comenzado a usar como término genérico que sirve para referirse a las diversas formas que puede tomar la experiencia, expresión y/o identidad de género de las personas que se identifican con un género diferente al género que les asignaron al nacer.

Al momento de hablar de las personas trans, se suele hacer referencia a los términos “sexo” y “género” para alcanzar una mejor comprensión. El sexo es el conjunto de componentes biológicos, fisiológicos y anatómicos de una persona como hembra o varón, se asocia a la carga genética, los cromosomas, la segregación hormonal y la anatomía presentada en el individuo. El género es el concepto social que construimos alrededor del comportamiento esperado para un niño o una niña. Influencian directamente en como los niños se identifican, actúan y reaccionan ante su entorno.

Por consiguiente, las personas trans, son aquellas personas que ven que su sexo de nacimiento no se adecúa con su género percibido o en términos médicos: “disforia de género”, la cual no es una enfermedad desde el año 2018 según el Manual de la Clasificación Internacional de Enfermedades, Traumatismos y Causas de Defunción en su décima edición (CIE-10) elaborado por la Organización Mundial de la Salud. Ser trans no se rige por ser un modelo único de comportamiento al que todas las personas pertenecientes a la comunidad se tienen que adaptar, la expresión del género abarca un abanico de variedades, lo que deriva en una constante confusión acerca de estos términos.

En el Artículo 20 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se establece: “El derecho al libre desenvolvimiento de su personalidad sin más limitaciones que las que derivan del derecho de las demás y del orden público y social.” Al igual que en el Artículo 21, que se prohíben específicamente toda forma de discriminación que tenga por objeto o por resultado “anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio en condiciones de igualdad, de los derechos y libertades de toda persona” y asegura que “la ley garantizará las condiciones jurídicas y administrativas para que la igualdad ante la ley sea real y efectiva”, adoptando “medidas positivas a favor de personas o grupos que puedan ser discriminados, marginados o vulnerables”. Además que, en estas leyes, lo único que se defiende es la orientación sexual, la identidad de género queda por fuera, dando rienda suelta a una oleada de actos discriminación y violencia que en la actualidad la mayoría quedan impunes.  Pero este conjunto de regulaciones presentes en nuestra carta magna, no bastan para detener la poderosa transfobia que azota a la comunidad trans venezolana.

Según la Red Iberoamericana de Educación LGBTI el 19% de casos de suicidios tienen como causa discriminación por orientación sexual e identidad de género, además que más del 40% de la población LGBTI ha sufrido acoso escolar o universitario.

Teniendo en cuenta que en nuestras leyes cualquier tipo de discriminación está penada y a su vez la identidad de género es algo personal que no afecta al entorno... ¿cómo nos afecta y por qué sigue pasando?

La transfobia como cualquier otro tipo de violencia puede venir en muchas formas, las más comunes son pensar que padecemos un trastorno mental severo y que por eso no somos aptas para estar en algunos espacios, la aversión y los prejuicios; como pensar que por ser trans alguien se dedica a la prostitución, pasando por la falta de reconocimiento de una nueva identidad de género cuando alguien pide que se reconozca con un género distinto y el entorno se lo impide, hasta pasar por los insultos, las amenazas, el acoso y el aislamiento, solamente por ser quienes somos.

Gracias a esto, las personas trans actualmente sufren de menor apoyo social ya que se enfrentan a un entorno y a un Estado que nos desconoce, en vez de crear redes de apoyo. También de transfobia interiorizada, que degenera en baja autoestima y rechazo hacia otras personas trans. Incluso la hipervigilancia y problemas de salud físicos y mentales, porque el sistema de salud venezolano prefiere negar la atención a personas trans por el escaso o nulo conocimiento de cómo lidiar con este tipo de casos.

En Venezuela, no existen ni leyes ni servicios sociales que nos amparen, esto de la mano de la 4ta sociedad más transfóbica y homofóbica del continente según Transgender Europe. El comportamiento de nuestra sociedad, se ve influenciado fervientemente por los medios de comunicación, los principales representantes del Estado Venezolano quienes no pierden espacio en señal abierta para condenar a la comunidad LGBTI por actos de “inmoralidad y poca decencia pública”. Aunado a esto, las declaraciones de la Conferencia Episcopal Venezolana, las que bajo la tutela de la ley de Dios se sirven de usar su influencia en la sociedad de venezolana para perpetrar los pensamientos machistas y homofóbicos al mismo tiempo que negarse a la aprobación de una ley que defienda y vele por la Identidad de Género.

Si se le pregunta a cualquier persona de la comunidad si ha sufrido algún tipo de violencia, hay una probabilidad altísima de que su respuesta sea afirmativa. Nadie en esta nación escapa del odio y la discriminación, no importa lo que hagas, lo que logres, de donde vengas o tu color de piel; ser trans en Venezuela es ser un centro de diana para que las personas puedan vaciar allí su odio y repudio.

Pero si tenemos en cuenta la escuela del Psicoanálisis de Freud, podemos afirmar que independientemente de lo omnipotentes, destructivos o perversos que sean el odio y el sentirse con derecho a algo, de los que la envidia se rodea, a menudo ésta sirve como un encubrimiento para el deseo: una figuración psíquica de deseo rechazado.

Esto nos lleva a entender dos cosas, cómo se maneja la transfobia en nuestra nación y mucho más importante: cómo detenerla.

En Venezuela, propiciado por los medios de comunicación y los constructos sociales, las personas trans somos vistas como personas enfermas, seres que necesitan ser internados y que no merecen ningún tipo de protección o derechos humanos porque atentan contra la moral y las buenas costumbres las cuales son ámbito de interés primario de la sociedad civil. Cualquier persona trans que ocupe algún tipo de espacio, se ve de inmediato ridiculizada, invalidada y condenada solamente por su identidad de género. Todo el mundo clama que lo que queremos es “tarima” o “influenciar a los niños” cuando lo que simplemente estamos haciendo es hacer lo que hacen todas las personas, vivir; y coexistir en cualquier espacio de nuestra preferencia, una escuela, universidad, secta religiosa o lugar de trabajo.

Pero dentro de nuestra comunidad, hay un pequeño grupo, que da nacimiento al término “cispassing”. Que es cuando una persona trans que posee un cuerpo que cumple con los estándares hegemónicos que la sociedad califica como hombre o mujer pasa por una persona cisgénero, invalidando así la diversidad de los cuerpos trans. Esto afecta enormemente a nuestra comunidad ya que invisibiliza la diversidad de la anatomía humana en espacios públicos y de forma imperante en el espacio privado de las personas.

Judith Butler menciona la importancia de tener un reconocimiento político sobre la vida de las personas trans y al ser un proceso paulatino, incipiente y no tener una representación clara, persiste la idea de que como personas trans no debemos tener una vida digna de duelo y con las estructuras viables de ser vivibles.

Por lo que el cispassing promueve en la comunidad trans la idea de tener cuerpos hegemónicos. Esto lleva a la desesperación por llegar a pasar como cisgénero, y así evitar la discriminación de la transgresión del género convencional.

Lamentablemente, esto lleva a que la comunidad se divida, entre personas que cumplen con la normativa cisgénero y las que no. Comúnmente, las personas trans que cumplen con esta normativa, son personas de altos recursos económicos, con la posibilidad de poder acceder a servicios médicos de calidad, una terapia de remplazo hormonal estable y en algunos casos, una mamoplastia y la cirugía de reasignación de género. Ciertamente sería una mentira decir que estas personas no han sufrido algún tipo de discriminación en su vida, pero al estar en una burbuja de privilegios y de visibilización, le transmiten a la comunidad un estilo de vida y un tipo de cuerpo muy difícil de alcanzar por lo que son, modelos; destinados a vender un producto. Por este motivo, mucha gente piensa que toda la comunidad trans luce así, y esa no es la realidad.

Más del 40% de las personas trans en Venezuela son echadas de sus casas y el 64% no tiene acceso a la educación o un trabajo estable, por lo que continuamente deban dedicarse a la prostitución o a cualquier medio que les permita obtener remuneración económica a cualquier costa.

Entonces nos encontramos en frente de una dicotomía, a las personas trans que cumplen con estándares de belleza y comúnmente asociadas a mayor estatus socioeconómico la sociedad las apoya y terminan siendo las personas que llevan la bandera en la lucha por los derechos de nuestra comunidad. Pero a la mayoría de mujeres y hombres trans que somos los que no cumplimos con esa norma se nos tacha de dementes y “progres”, solamente por el hecho de asumir nuestra identidad de género con valentía en los espacios que nos corresponden. Si nos guiamos por esto, la transfobia es selectiva, sacando a relucir las dinámicas clasistas y racistas marcadas con tinta indeleble en las raíces de nuestra sociedad.

 

 

Michelle Artiles

Activista trans

Primera mujer trans en Modelo de Naciones Unidas de Universidad de Harvard




Imagen de Moshe Harosh en Pixabay