Viernes, 28 de abril, 2017

Los niños y adolescentes que están expuestos a violencia en la escuela corren peligro de obtener malos resultados escolares. Por ejemplo, en el África occidental y central, muchas chicas sometidas a violencia relacionada con la escuela (violación o ser obligadas o mantener relaciones sexuales) es más probable que tengan embarazos precoces y no deseados y, en consecuencia, mayor riesgo de interrumpir los estudios.


Mucho se ha hablado y escrito sobre el acoso escolar, diversos organismos nacionales e internacionales lo han abordado desde hace años, inclusive muchos medios de comunicación han apoyado la labor contra el acoso escolar, pero lamentablemente en la mayoría de los casos no son esfuerzos coordinados para enfrentar este grave problema, coordinación que debería partir de un esfuerzo continuo por parte del Estado para mejorar la calidad de la educación.

La violencia en las escuelas y otros entornos educativos causa a los niños y adolescentes graves daños que pueden persistir en la edad adulta. Como señaló el Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre la Violencia contra los Niños, es un fenómeno mundial (Pinheiro, 2006). La eficacia de las políticas, leyes y estrategias de prevención de la violencia relacionada con la escuela depende de un conocimiento fidedigno de la prevalencia, las pautas y los efectos que tiene en el mundo, pero carecemos de los datos empíricos necesarios.

Las escuelas no existen aisladas socialmente de sus comunidades. Las desigualdades de género y la violencia en el hogar, en la comunidad o que sucede en el ciberespacio afectan a los niños y los adolescentes que cursan estudios y se pueden reproducir o intensificar en las escuelas. La vulnerabilidad de los niños a la violencia relacionada con la escuela resulta reforzada por la deficiente aplicación de las leyes, las políticas inadecuadas de protección de la infancia y la debilidad o inexistencia de mecanismos de denuncia, que a menudo permiten obrar impunemente a los autores de actos de violencia.

Los niños y adolescentes que están expuestos a violencia en la escuela corren peligro de obtener malos resultados escolares. Por ejemplo, en el África occidental y central, muchas chicas sometidas a violencia relacionada con la escuela (violación o ser obligadas o mantener relaciones sexuales) es más probable que tengan embarazos precoces y no deseados y, en consecuencia, mayor riesgo de interrumpir los estudios.

 

El género es un factor impulsor clave de muchas formas de violencia relacionada con la escuela

En todas las formas de violencia relacionada con la escuela influyen estereotipos relacionados con el género que persisten en la sociedad. La violencia en las escuelas refleja normas sociales subyacentes relativas a la autoridad y los roles que se espera desempeñen las mujeres y los hombres. Las concepciones dominantes de la hombría pueden hacer que se tolere que los niños y muchachos exterioricen expresiones de agresión, violencia, poder sexual y homofobia. A la inversa, cabe que se espere que las niñas y muchachas se muestren deferentes con los hombres y los muchachos, sumisas y pasivas.

Lo mismo las niñas y muchachas que los niños y muchachos pueden ser víctimas de violencia relacionada con la escuela o cometerla, pero en distintos grados y formas. Los datos empíricos indican que las niñas y muchachas corren más riesgo de violencia sexual, hostigamiento y explotación y que los niños y muchachos es más probable que experimenten violencia física frecuente y grave. En 79 países que participaron en la encuesta sobre comportamiento en materia de salud de los niños en edad escolar (HBSC) y en la encuesta mundial sobre la salud de los estudiantes efectuada en las escuelas (GSHS) a lo largo del período 2003–2011, el 11% de los varones dijeron que habían participado en cuatro o más episodios de lucha física el año anterior, frente al 3% de las estudiantes.

 

Enfoques para la medición de la violencia relacionada con la escuela

Los estudios que miden la violencia relacionada con la escuela, ya la perpetren adultos o niños, tienen dos objetivos principales. Primero, buscan medir la prevalencia o la incidencia de ese tipo de violencia contra los niños en la población. Las encuestas se basan en muestras de hogares o establecimientos escolares; recaban las respuestas de los niños o adultos; se centran en la violencia relacionada con la escuela o en otros tipos de violencia contra los niños; y buscan calibrar la prevalencia y la incidencia nacionales o transnacionales.

Segundo, buscan evaluar los efectos en la salud, sociales y educativos que la violencia en la escuela tiene sobre las vidas de los estudiantes, normalmente por medio de preguntas referentes a la violencia que forman parte de una encuesta más amplia. Se pone el acento en el impacto en la educación de los niños, especialmente en los resultados en materia de aprendizaje.

La panorámica expuesta de diversos estudios internacionales y nacionales indica tres maneras de establecer medidas comparables mundialmente de la violencia relacionada con la escuela, en el contexto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y en particular las metas 4.a y 16.2.

Una primera opción es aceptar esta diversidad y normalizar los resultados de diferentes encuestas sirviéndose del mínimo común denominador de sus definiciones. Por ejemplo, una estimación reciente de la prevalencia en el mundo de la violencia contra los niños el año anterior a la encuesta empleó datos sobre la violencia física, emocional y sexual de 112 estudios en 96 países. Examinó la calidad de los cálculos basados en la población y luego combinó, mediante un método de triangulación, datos de encuestas que cumplían los criterios de calidad. El método de la triangulación “es apropiado para comparar, contrastar y sintetizar investigaciones que se caracterizan por sus diferentes metodologías y diversas limitaciones cuando la finalidad primordial no es dilucidar la etiología, sino catalizar la acción en materia de salud pública” (Hillis et al., 2016).

Una segunda opción es documentar las diferencias de determinados instrumentos para poner de relieve sus posibles puntos débiles, alentar la convergencia entre ellos y, en último término, desembocar en la aparición de un instrumento convenido y mejorado de consuno. En apoyo de esta idea, el Grupo de Trabajo Técnico sobre Recolección de Datos acerca de la Violencia contra los Niños del Grupo de Referencia para el Seguimiento y la Evaluación de la Protección de la Infancia ha publicado dos informes: un análisis de cuestiones éticas y un inventario y comparación de encuestas (CP MERG, 2012, 2014).

La ventaja de este enfoque es que ayuda a abrir un diálogo entre diferentes partes interesadas para que reflexionen críticamente sobre sus métodos. El inconveniente es que muchos de esos instrumentos han sido aplicados durante años y los equipos de investigación que están detrás de ellos son, pues, renuentes a hacer grandes cambios. Las encuestas podrían converger en torno a cuestiones escogidas, por ejemplo, sirviéndose de la misma referencia temporal, de modo que todos los instrumentos podrían referirse al mes anterior cuando trataran del acoso y los castigos corporales y al año anterior cuando se refiriesen a otras formas de violencia física. También se podría armonizar las preguntas acerca de la frecuencia con que los estudiantes están expuestos a la violencia. Ahora bien, como el ODS no contiene un indicador de la violencia relacionada con la escuela en el mundo, hay poca demanda de más convergencia, y no sería realista esperarla. También sería contraproducente esperar una convergencia de los cuestionarios.

Diferentes encuestas han aportado valiosos vislumbres de nuevas formas de violencia (por ejemplo, relacionadas con nuevas tecnologías) o diferentes puntos de vista (por ejemplo, los autoinformes, la descripción por homólogos de las interacciones y las clasificaciones de los profesores). Este tipo de investigaciones de nuevos instrumentos debe continuar.

Una tercera opción podría ser que la comunidad internacional apoyara con todo su peso uno de los instrumentos empleados actualmente y promoviese su utilización en más países. El instrumento preferido debería cumplir unos criterios esenciales. Por ejemplo, tendría que aplicar la definición de violencia, convenida internacionalmente, de la OMS para describir determinados comportamientos que reflejan la realidad de diferentes culturas.

Tendría que seguir un protocolo ético claro, no solo en lo relativo a obtener el consentimiento para participar, sino también en lo referente a apoyar a los niños que revelen un caso de violencia con agravantes. Por último, habría que contratar a encuestadores seleccionados cuidadosamente e impartirles formación suficiente para que sigan los procedimientos correctos al gestionar los cuestionarios. Una consideración fundamental a la hora de elegir un enfoque existente es que algunos de los que más se utilizan en todo el mundo se centran exclusivamente en el acoso, mientras que otros que aprehenden una gama más amplia de actos de violencia relacionada con la escuela.

Sea cual fuere la opción que se elija, quienes trabajan en pro de una medida comparable mundialmente y quienes trabajan en mejorar las medidas nacionales habrán de tener en cuenta varias consideraciones.

En primer lugar, que si bien los diferentes instrumentos captan colectivamente todas las formas de violencia relacionada con la escuela, muchas de las medidas más utilizadas solo aprehenden un subconjunto de las diferentes manifestaciones de violencia relacionada con la escuela. Muchas, por ejemplo, suelen centrarse en el acoso en vez de en la violencia sexual. Es necesario captar el conjunto más amplio posible de comportamientos dañinos.

En segundo lugar, que es necesario que haya una lente de género explícita en las preguntas acerca de la violencia relacionada con la escuela, porque el género es un factor primordial subyacente a muchas de esas formas de violencia.

Tercero, que se precisa más trabajo en colaboración para conseguir que las preguntas referentes al comportamiento violento en la escuela se formulen con cierta uniformidad. Se trata de cierto grado de uniformidad en la manera como se hacen las preguntas a diferentes encuestados, como son los estudiantes y los profesores. Además, esas preguntas deben ser formuladas de maneras que puedan ser útiles para las respuestas de política.

Por último, que se precisa coherencia en lo relativo a todas las cuestiones que atañen al tiempo, esto es, el grupo de edad de los estudiantes que responden a las preguntas, el período en el que se supone que han tenido lugar comportamientos violentos y la frecuencia con que se realizan esas encuestas.

Fuentes consultadas:

  • http://unesdoc.unesco.org/images/0024/002469/246984S.pdf
  • http://es.unesco.org/gem-report/
  • Foto de Gladskikh Tatiana / Shutterstock.com