Viernes, 06 de julio, 2018

La comunidad LGBTI en Estambul sabe, por amargas experiencias, que el gas lacrimógeno y las balas de plástico no son solo amenazas. La policía las ha utilizado con fuerza en los últimos tres años.


No se hubo barrera que pudiera detener este momento, ni siquiera los cientos de policías presentes pudieron detenerlos, aún estando fuertemente armados, con perros, gas lacrimógeno y balas de plástico.

El domingo, la comunidad LGBTI+ y sus amigos en Turquía demostraron que en Estambul el amor y la solidaridad son mucho más poderosos que la intimidación y el miedo.

Por una hora, la calle Mis ofreció un pequeño recuerdo de lo que era la marcha del Orgullo en Estambul, llena de decenas de miles de personas con arcoíris y flores. Este año, la marcha fue prohibida por cuarto año consecutivo, pero a última hora, y producto de las habilidosas negociaciones con la policía, les fue otorgado el permiso para que pudieran reunirse en una calle pequeña llamada Istiklal, la avenida peatonal más grande a la que pudieron acceder sin problemas en años anteriores.

En unos minutos, cientos de personas se encontraban bailando y cantando en la calle Mis, Madonna sonaba en los altavoces, por todos lados habían grandes sonrisas y ojos llorosos.

Una gran bandera de arcoíris fue levantada en medio de la multitud. Por un momento fue magia, pura e inesperada, pero temíamos que el hechizo pudiese ser deshecho pronto.

La atmosfera estaba cargada de júbilo y temor, porque todos sabían que la celebración podría convertirse en una redada en cualquier momento. Habían policías antimotines al final de la calle, estábamos rodeados por uniformados y armas.

La comunidad LGBTI en Estambul sabe, por amargas experiencias, que el gas lacrimógeno y las balas de plástico no son solo amenazas. La policía las ha utilizado con fuerza en los últimos tres años.

“Era como celebrar el Orgullo en una caja”, me dijo Yuri Guaiana más tarde, cuando hablamos sobre esta experiencia. Él es gerente de campañas para el grupo global LGBTI+ “All out” y estuvo ahí para mostrar su solidaridad y documentar el evento, igual que yo.

En las horas previas al evento todos vimos como los policías, antimotines y comunes, se formaban a los lados de los vehículos blindados, algunos con cañones de agua que estaban ubicados en la plaza Taksim y en algunos puntos a lo largo del recorrido de la marcha. Era una experiencia surreal caminar en una manifestación prohibida por celebrar la igualdad, diversidad y el amor, mientras policías fuertemente armados mezclados entre los transeúntes, en lo que en otro momento sería un domingo común.

El activista LGBTI+ local Cihangir (27) estaba preparado para lo peor cuando hablamos esa mañana con él en un café cómodo y tranquilo. Nos contó cuál era su temor si la policía lo agredía o detenía, porque su brazo herido podría terminar más lastimado.

En abril, Amnistía Internacional publicó un informe sobre el clima de temor en Turquía, bajo el cual los activistas y defensores de derechos humanos nunca saben si serán los próximos objetivos del gobierno. Desde noviembre de 2017, todos los eventos LGBTI han sido prohibidos en la capital turca, Ankara, debido a los poderes que le confieren a las autoridades el estado de emergencia. Incluso, una proyección del aclamado filme británico “Pride” fue prohibido por las autoridades la semana pasada.

Muchas organizaciones LGBTI+ han reducido drásticamente su visibilidad y las personas nos comentaron que sentía que estaban siendo empujados otra vez a las sombras, luego que el movimiento nacional había sido construido durante varios años.

Cihangir dio que el evento de este año no es solo sobre la comunidad LGBTI+, sino para generar una expresión de solidaridad a todos los grupos marginados y que en la actualidad se encuentran bajo presión en Turquía.

“Yo creo que esto va a cambiar”, dijo determinado a ser parte de la exigencia por derechos igualitarios y para tener la libertad de ser él mismo.

“Pienso que todos nosotros parecemos gatitos”, continuó para referirse a la comunidad LGBTI+, “no nos dejarán en la calle”.

Más tarde, en la calle Mis, vi a Cihangir bailando en el medio de la multitud.

Sin embargo, una hora después mi colega Andrew Gardner llamó a la delegación de Amnistía Internacional, rápido. Escuchó que la policía no estaba dejando salir de la calle a las personas, y nosotros no íbamos a arriesgarnos.

“Vámos”, me dijo para dejar los arcoíris detrás. Caminamos en medio de los grupos de policías con perros, deseando que no nos detuvieran.

Fuimos para observar el amor y la diversidad en acción, pero ahora nos sentimos como si tuviésemos que escondernos.

Caminando por la calle Istiklal pudimos ver cómo la presencia policial había aumentado drásticamente, porque casi cada calle aledaña estaba cerrada por los efectivos armados y sus vehículos. Después de que nos fuimos aprendimos que el comité organizador de la marcha había leído otros comunicados en muchos otros sitios cercanos a la plaza Taksim, tal como lo hicieron en la calle Mis. Pese a la presión policial, los valientes participantes del evento continuaron sus actividades.

Le pregunté a Andrew cómo se sintió: “el punto de la protesta era hacernos visibles. Encerrar a las personas en una calle secundaria, escondidos a las miradas, es un irrespeto al derecho a la protesta”, dijo.

Cuando Yuri caminó fuera de la calle Mis me dijo que vio cómo un grupo grande de policías se le acercaban, muchos con perros. Fue un momento aterrador.

“Ver a tantos policías y vehículos en la calle por un grupo de personas bailando…”, continuó, moviendo su cabeza sin ser capaz de completar la frase.

Para no dejar dudas: el gas lacrimógeno fue lanzado. Supimos que los perros policías lanzaron a las personas al suelo, 11 manifestantes fueron detenidos, pero liberados esa misma tarde.

Ninguno de los que fuimos a la calle Mis este domingo olvidaremos esos preciosos momentos de alegría y fuerte sentimiento de compañerismo y orgullo.  Otra vez, las personas pudieron ser capaces de expresarse públicamente a plena luz del día, aunque sea por una hora.

 

Por Lene Christensen de Amnistía Internacional