Jueves, 25 de julio, 2019

Osman Kavala está en detención preventiva en Silivri desde noviembre de 2017. Está acusado falsamente, junto con otras 15 personas, de “intentar derrocar el gobierno de la república turca o impedirle desempeñar su labor” por su participación en las protestas del parque Gezi de 2013. De ser declarados culpables, podrían ser condenados a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional


“Esta sala de vistas mide mil metros cuadrados y en la tribuna del público caben 500 personas”, me dice el funcionario con orgullo. “Tiene 200 asientos para profesionales del derecho y 250 para las personas enjuiciadas”. Las cifras me dan escalofríos. Esta es una sala de vistas pensada para celebrar juicios multitudinarios.

Estoy en el gigantesco edificio judicial situado tras los muros de la prisión de alta seguridad de Silivri, la mayor cárcel de Europa. Estoy aquí para observar el comienzo de la segunda vista del juicio que se sigue contra 16 personalidades de la sociedad civil turca, entre ellas Osman Kavala.

Osman Kavala está en detención preventiva en Silivri desde noviembre de 2017. Está acusado falsamente, junto con otras 15 personas, de “intentar derrocar el gobierno de la república turca o impedirle desempeñar su labor” por su participación en las protestas del parque Gezi de 2013. De ser declarados culpables, podrían ser condenados a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.

Llego a la sala temprano y observo cómo el enorme espacio se llena de observadores, periodistas, profesionales del derecho y personas enjuiciadas. De pronto, suena un fuerte aplauso. Ha entrado Osman Kavala, rodeado de un nutrido grupo de 15 o más guardias penitenciarios. A cada lado, hay dos de ellos que lo sujetan bajo los brazos. Se vuelve hacia nosotros mientras va hacia el banquillo, sonriendo y tratando de levantar una mano para saludar. Cuando se sienta, los guardias permanecen de pie a ambos lados, impidiéndole ver a su familia y colegas.

Todo el público se levanta cuando hacen su entrada los tres jueces y el fiscal y ocupan sus asientos. El presidente del tribunal anuncia que, aunque está previsto que la vista dure dos días, le gustaría terminar en uno. “Tengo otros casos de los que ocuparme mañana”, dice. Me pregunto si esto quiere decir que Osman Kavala podría ser puesto en libertad hoy.

Primero expone sus argumentos la defensa. Un abogado tras otro explica con detalle por qué las 657 páginas del acta de acusación formal no contienen las pruebas necesarias para justificar la acusación. “Para que se haya producido el fundamento del delito tipificado en el artículo 312, debe haber existido un peligro claro e inminente”, explica un abogado. “En derecho penal, debe haber continuidad entre el acto delictivo, el presunto autor y la prueba; los tres elementos tienen que estar conectados. Esta acta de acusación no se molesta en proporcionar estas conexiones, sino que, por el contrario, se limita a presentar cada acto discrepante como delito”.

Después se pide a Osman Kavala –como único procesado en prisión– que se dirija al tribunal. “No existe ni la más mínima prueba [...] de que haya desempeñado un papel en la organización de las protestas del parque Gezi”, dice. “Ninguna prueba de que participara en ninguna reunión o concentración que implicase violencia. Por el contrario, desempeñé el papel de intermediario entre quienes protestaban y las autoridades, para llevar los sucesos a una conclusión pacífica. No me interrogaron después de las protestas del parque Gezi. Cuando me detuvieron, la única pregunta que me hicieron sobre Gezi fue acerca de una exposición fotográfica en Bruselas y dos fotografías que tenía en mi teléfono. Han tardado 16 meses en preparar esta acta de acusación formal desprovista de cualquier prueba. Ya llevo 21 meses en prisión. Solicito mi excarcelación”.

El alegato apasionado de Osman Kavala es recibido con un largo aplauso y yo pienso: “Lo van a excarcelar hoy, y se acabará esta absurda pesadilla”.

Después se levanta el fiscal. Repasa las solicitudes del procesado una por una y, en tono monótono, pide que sean desestimadas. No presenta ninguna justificación de sus peticiones ni impugnación o argumento jurídico alguno.

Su breve intervención hace que me pregunte si ha escuchado algo de lo que se ha dicho en las últimas seis horas, pues el equipo de la defensa ha desmontado sistemáticamente todas las justificaciones de su enjuiciamiento.

Se suspende la vista y se llevan a Osman Kavala rodeado de guardias. Nos ordenan salir de la sala. Junto con las personas procesadas y sus defensores, solo se permitirá volver a entrar para oír la decisión provisional del tribunal a los observadores internacionales, los miembros del cuerpo diplomático y del Parlamento, y la familia.

Unos 30 minutos más tarde, volvemos a la sala de vistas, ahora vacía. Tengo un nudo en el estómago. No puedo ni imaginarme lo que debe de sentir la esposa de Osman Kavala.

Nos ponemos en pie cuando entran los jueces. El presidente del tribunal lee en voz alta lo que, afirma, es la “decisión de la mayoría”. Se desestiman todas las solicitudes del procesado. Osman Kavala seguirá en prisión. Cuando se celebre su próxima vista judicial, llevará en prisión casi dos años, un periodo muy largo de detención preventiva incluso para los terribles criterios de Turquía.

Siento desvanecerse e la esperanza que me había permitido albergar. Miro la inmensidad de esta sala: tanto espacio y no hay apenas lugar para la justicia.

Este artículo fue publicado por primera vez en la revista Ceasefire.