Martes, 21 de agosto, 2018

La educación impartida por los integrantes de Wainjirawa se ofrece en las viviendas de los estudiantes, involucrando a todo el núcleo familiar. El defensor de los pueblos indígenas, Juan Carlos La Rosa, destaca que este formato no es diferente ni incómodo al que tradicionalmente se lleva a cabo en los pueblos indígenas, ya que “la educación se da en el tiempo y en el espacio en donde transcurre la vida”


“Si nosotros nos organizamos alrededor del conocimiento, que es lo que pretende Wainjirawa, vamos a seguir siendo nosotros. La educación de la que hablamos es de nuestros ancestros y mayores”, así describe la importancia de rescatar y mantener los métodos propios de aprender y conocer el mundo, el defensor de los derechos a la tierra y el medioambiente, así como de los pueblos indígenas, Juan Carlos La Rosa.

Para La Rosa, la educación formal occidental desarraiga a los pueblos indígenas de sus costumbres, ya que les impone una visión de mundo que no es la propia y los aleja de su cosmovisión ancestral.

En el fronterizo estado Zulia, la organización intercultural indígena Wainjirawa lleva un plan educativo fundamentado en los usos y costumbres de los pueblos indígenas de Venezuela a jóvenes que se preparan o ya están incursos en los estudios universitarios y de bachillerato. Todo inició ofreciendo cátedras libres en la Universidad del Zulia dentro de la Facultad de Humanidades. Pero la discriminación y la falta de estímulos por parte  de las autoridades educativas, causó la deserción de gran parte de los jóvenes estudiantes.

Además de su lucha por mantener e incentivar la educación apegada a la cultura indígena, también han unido sus voces con otras organizaciones para exigir que sean garantizados los derechos básicos de estas personas. “Wainjirawa ha acompañado las denuncias e informes publicados por organizaciones indígenas, como el Comité de Derechos Humanos de La Guajira y la Fuerza de Mujeres Wayuu, en las que se revela las condiciones de vulnerabilidad en la que viven las comunidades aborígenes y pone en riesgo su existencia”.

Defender desde el conocimiento

Tras más de dos décadas de constantes embates para defender sus territorios ancestrales y tradiciones, un grupo de personas de las comunidades Barí, Añú, Wayuu y Yukkpa realizan un proceso reflexivo que los lleva a dirigir sus esfuerzos hacia el rescate de lo que realmente son, para así continuar esta defensa de sus derechos.

“Al menos 3 generaciones fundan Wainjirawa hace 7 u 8 años, porque nos damos cuenta de la necesidad de tener una organización indígena en la región de la cuenca del Lago de Maracaibo que siga la lucha, motivada por dos ideas fundamentales: fundar un sistema de educación propia que se convierta en una forma de organización que rescate nuestra identidad; y que ese proceso de educación nos permita rehacernos tras la difícil lucha por la defensa de nuestros territorios y cultura en los últimos 20 años”.

Wainjirawa tiene como fin crear la educación autónoma indígena, con reconocimiento pleno por parte de las autoridades venezolanas para poder certificar a los jóvenes que estudien bajo esta modalidad.

Entre las actividades que han realizado se encuentran varios conversatorios entre maestros de la educación intercultural bilingüe (sistema formal de enseñanza reconocido por el Ministerio de Educación) y los mayores de los pueblos indígenas –personas de avanzada edad que transmiten sus experiencias y conocimientos a las otras generaciones a través de la palabra-. Además, han realizado jornadas de oralitura para aprender sobre el conocimiento inmerso en las palabras de las lenguas indígenas y charlas en las propias comunidades.

Sin embargo, las energías de los 60 voluntarios ad-honorem que integran Wainjirawa se encuentran focalizadas en las experiencias de enseñanza que mantienen en comunidades vulnerables. De las 3 que existían hasta hace unos meses, la crisis económica por la que atraviesa Venezuela solo ha permitido mantener en pie la ubicada en el barrio Indio Mara, en la periferia de Maracaibo.

La inestabilidad económica ha generado el replanteamiento de las actividades de esta experiencia educativa, ya que inicialmente se realizaban jornadas de enseñanza semipresencial que no se pudieron sostener debido a la falta de transporte público en las comunidades y a la migración masiva de las personas hacia Colombia.

En la actualidad, la educación impartida por los integrantes de Wainjirawa se ofrece en las viviendas de los estudiantes, involucrando a todo el núcleo familiar. La Rosa destaca que este formato no es diferente ni incómodo al que tradicionalmente se lleva a cabo en los pueblos indígenas, ya que “la educación se da en el tiempo y en el espacio en donde transcurre la vida”.

“Lo fundamental es que aprenden a ser conscientes de lo que su pueblo sabe, es decir, que tienen una matemática, una manera de contar al mundo, narrarlo, nombrarlo y conocerlo. Esto se interrelaciona con los otros modos de conocimiento de distintas culturas, que en nuestro caso es la occidental”, explica La Rosa, para luego destacar que este sistema educativo ha podido ser apoyado y certificado mediante un convenio alcanzado con la organización escolar Fe y Alegría.

Retos a superar

Educar en plena emergencia humanitaria hace que los esfuerzos para no abandonar a la juventud sean cada vez más necesarios, pero también son más difíciles de mantener.

Las constantes epidemias que afectan a los pueblos Wayuu, Añú, Barí y Yukpa han diezmado estas comunidades –situación que no ha sido atendida por las autoridades, ni reconocido el número de decesos por estas enfermedades-, por ende, ha menguado el número de estudiantes.

Además, la situación de desplazamiento en la que se encuentran los pueblos indígenas del estado Zulia, la escasez de alimentos, el aislamiento y la cada vez peor situación de los servicios públicos complican la posibilidad de que participen no solo los voluntarios, sino los estudiantes y sus familias.

Al caldo de dificultades se suma la negativa de las autoridades a reconocer la educación autónoma indígena. La Rosa recuerda una reunión que sostuvo con un Viceministro de Educación en la que le fue rechazada la solicitud de fundar una universidad autónoma de los pueblos aborígenes, ya que solo sería autorizada una universidad experimental en la que el gobierno tendría injerencia absoluta.

La universidad indígena es uno de los objetivos a alcanzar y que no se quedará en papel ante la negativa de las autoridades. “Estamos creando junto con otras organizaciones indígenas de Venezuela y de otros países, un esquema educativo que se certifique, en alianza con universidades del país y del continente, y reconozca la labor desde la familia y la comunidad, porque si no se aprueba en el contexto donde se vive y donde se deben resolver los problemas, ¿qué sentido tiene que alguien ajeno a la cultura indígena le otorgue la certificación al estudiante?”, indica La Rosa.

Para ello, Wainjirawa y otras organizaciones, como Wanaaleru, se valdrán de una plataforma en línea que será nutrida con experiencias de educación y trabajo en Venezuela y de todo el sur de América.

La organización intercultural indígena Wainjirawa y su cofundador, Juan Carlos La Rosa, destacan que hasta ahora “lo fundamental es que hemos aprendido de nosotros mismos, de nuestra crisis y de este proceso que ha estado lleno de vacilaciones, pero que nos ha permitido vernos a nosotros mismos como pueblos indígenas que necesitan aprender a exigir sus derechos y rescatar sus formas de vida”.

 

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